El símbolo perdido

Dan Brown (Exeter, Estados Unidos, 1964), en su nueva y esperada entrega, vuelve a demostrar sus dotes de creador de tensiones dramáticas en espacios cerrados. No se deja nada en el tintero y sus personajes sólo parecen ser el pretexto para lanzar al lector un arsenal de datos que cobran vida gracias a su capacidad para darles orden y concierto, logrando una visión unificada donde antes sólo podíamos intuir retazos inconexos.
La intrahistoria de los Padres Fundadores de la nación americana, íntimamente ligada a las prácticas masónicas, es vista a una luz diferente y, aunque haya sido revisada hasta la saciedad, el toque personal que aporta Brown la dota de un grado de humanidad muy por encima de las leyendas que han circulado desde que el Myflower tocara tierra con su carga de peregrinos.
La intrahistoria de los Padres Fundadores de la nación americana, íntimamente ligada a las prácticas masónicas, es vista a una luz diferente y, aunque haya sido revisada hasta la saciedad, el toque personal que aporta Brown la dota de un grado de humanidad muy por encima de las leyendas que han circulado desde que el Myflower tocara tierra con su carga de peregrinos.
A tono con los principios de la física cuántica, la Noética o las profecías mayas -poco diferentes a las antiguas enseñanzas de Hermes Trismegisto, Jesús, Buda, Paracelso o Newton- casi todas las vertientes de una "nueva" espiritualidad se aglutinan en El símbolo perdido planteando lo más atractivo de los libros de Dan Brown: por alguna razón, el hombre olvidó la Fuente de su procedencia, con lo cual no hay nada oculto, sólo ojos ciegos que no quieren ver.